Seguramente sorprenderá que escriba éste post, porque la mujer existe desde Dios creó a Adán de la costilla de Eva, pero a su pedido, y para no dañar la dignidad masculina, nos la contaron al revés. Pero es que a pesar de saber y de vivir y compartir y respirar junto a ellas, en mi condición de hombre atareado por una realidad que presiona, pocas fueron las ocasiones de pensar realmente en todo el significado que encierra esa palabra. Días pasados, me había dormido frente al televisor mirando un programa en Natgeo (no lo menciono para parecer culto sino porque casualmente pasé por allí y me enganché con un programa que luego no disfruté por el cansancio que tenía encima). Un tiempo más tarde, no puedo precisar cuanto, me desperté con el sonido de los jadeos de una mujer pariendo. La primera imagen que ví fue una madre abierta de piernas con el rostro deformado y sudoroso por el esfuerzo y el dolor, y una cabecita apareciendo lentamente a la vida exterior.

Los rincones de mi casa tienen formas de mujer, por (c) Una cierta mirada

Inmediatamente me vino a la mente mi frustración porque no pude participar del parto de mis hijos (una vez por imposición del sanatorio y la otra porque hubo una cesárea de emergencia) a pesar de querer hacerlo y me di cuenta que al no haber vivido esa experiencia, no la tenía en mi memoria. Es decir que no recuerdo el sufrimiento ni la vivencia de mi esposa en la incertidumbre de la primera vez y las complicaciones de la segunda. Pensé que no había valorado aquella situación y efectivamente así fue. Sabía perfectamente que un parto es doloroso en muchos casos y con un costo psicológico importantes también, pero para mí era algo mágico que sucedió hace muchos años y que ya estaba en el cajón de las cosas viejas.
Esa imagen me llevó a pensar en mi madre y a mi relación con ella. Me llevó a pensar en mi esposa y en los mejores momentos de nuestra  relación. Y me lleva a pensar en mi realidad actual en la que espero enamorarme. De ello resulta que siempre, en cada momento de mi vida hubo una mujer y, pocas veces me sentí más pleno y radiante de felicidad que al lado de una mujer. Claro que también pasé momentos malos, pero sucede que los buenos fueron tan buenos, y mis sensaciones tan intensas ante una mirada, una sonrisa, y ante una señal de la mujer que amé en cada momento; y mis miedos tan intensos en situaciones peligrosas, que no puedo encontrar equivalentes en mi vida interior. Tanto me afectan ellas que busco reincidir en su compañía y me emociono cuando encuentro respuesta o disfruto de una sonrisa sincera.Es probable que los hombres seamos algo equivalente en el caso de que quien escriba fuera mujer, no lo sé. Sólo dispongo de la versión masculina, y en todo caso de mi propia versión, y en ella debo decir que ellas me han hecho feliz y creo que agradecer su maravillosa participación en mi vida es hacer justicia.